Una flor morada
A veces la vida parece determinada a ensañarse con algunas familias que, no habiendo tenido tiempo para reponerse de una desgracia, se dan de bruces contra otra. Hay quienes culpan de ello a la mala suerte y otros al destino.
Una vida puede dar para mucho o para muy poco, dependiendo del momento en que te sobreviene esa mala suerte o se te impone, imperioso, ese fatal destino. De hecho todos pasamos por episodios que podríamos calificar como trágicos en alguna etapa de nuestras vidas: la pérdida de seres muy queridos, enfermedades que nos ponen contra las cuerdas, problemas económicos que ponen en riesgo nuestro día a día o accidentes fortuitos que, de un día para otro, derriban todos nuestros esquemas y nos obligan a reinventarnos.
La familia de Pascuala es un buen ejemplo de este tipo de familias que parecen gafadas desde el principio, porque no salen de una y ya están metidos en otra. Y a cual situación más grave.
Pascuala es la protagonista de la novela Una flor morada, de mi amiga Concha Mateo,
La desgracia entra por primera vez en la casa de Pascuala cuando Constantino, su marido, sufre un grave accidente en la fábrica donde trabaja y se queda manco. El matrimonio tenía tres hijas que mantener y el único jornal que percibían se les había esfumado. La historia arranca en los años veinte, en un ambiente rural. La familia vive casi en la indigencia, habiendo consumido la exigua indemnización que le pagaron tras el accidente y dedicándose el padre, ayudado por sus hijas, a recoger leña en el bosque para tratar de paliar su situación económica. Uno de esos días, la hija pequeña, Lorenza, cae en una trampa de los cazadores escondida entre los matorrales y se lastima una pierna. Sus hermanas logran rescatarla, pero la gravedad de las heridas se va complicando en los días sucesivos. Necesita penicilina y su familia no tiene dinero con qué pagarla. El padre se ve obligado a volver a la fábrica a mendigar una ayuda, apartando su orgullo, pero cuando regresa a casa, Pascuala lo está esperando para hacerle ver que ha llegado tarde. Su hija ya no está.
Diez años después, ya nacida la Segunda República, las dos hijas mayores del matrimonio se han convertido en mujeres fuertes e independientes como su madre. El padre vive en un insoportable sentimiento de culpa por la muerte de Lorenza. Si él hubiese sido más valiente, si hubiese aprendido a espabilarse solo, si no les hubiese pedido que le acompañasen, su niña estaría viva. Se ha abandonado a su suerte y son las mujeres de su familia las que se responsabilizan de todo. Hasta que las cosas empiezan a cambiar. Sus hijas tienen sueños que esperan ver cumplidos, sobre todo Dolores, muy comprometida con las ideas de la república. Esta no duda en mudarse a la capital con su novio Pedro, donde se involucra en la lucha social, alfabetizando a colectivos de mujeres vulnerables. Tras ella, acabará marchando también su hermana Palmira, quien encontrará en un hospital el camino que acabará siguiendo.
En la mayoría de las novelas que narran parte de la historia del siglo XX en nuestro país, sus autores se focalizan en la guerra civil, pero son pocos los que han explorado los años anteriores a esta. Los primeros años treinta fueron muy convulsos. Pistoleros vinculados a la derecha y a la izquierda mataban en las calles a sangre fría sin despeinarse. Las huelgas y las manifestaciones estaban a la orden del día. Los unos urdían planes contra los otros: caciques contra campesinos, patrones contra obreros, campesinos y obreros contra los que siempre parecían caer de pie para volverse aún más ricos.
La Segunda República levantó ampollas en demasiados pies poderosos y elevó conciencias entre los más desfavorecidos. El pueblo, harto de agachar la cabeza y de obedecer, aprendió deprisa a levantar los puños, a mirar fijamente a los ojos a su opresor y a gritar alto y claro: "¡Hasta aquí hemos llegado!". Pero olvidó aquello de "Poderoso caballero es Don Dinero" y no se le pasó por la cabeza que en el centro de Europa alguien estaba ojo avizor, preparando la que sería la peor de las guerras. Ese alguien quiso ensayar sus estrategias con el pueblo español, ayudando a Franco a ganar la guerra que él mismo provocó mediante un golpe de estado.
La República, en cambio, solo tuvo ayuda de los brigadistas internacionales, muchos de los cuales dejaron sus vidas en las trincheras y en las carreteras de muchos puntos de España. Porque la Unión Soviética, aparte de calentarles la cabeza con sus ideas de cambiar el mundo, poco hizo por cambiar el curso del conflicto. Se limitó a acoger a niños republicanos que luego no pudieron regresar con sus familias y poco más.
Pero esos episodios no aparecen en la novela de Concha Mateo, porque fueron posteriores.
En la España previa a la guerra civil, muchas mujeres se empoderaron, porque no tenían otra forma de seguir adelante y de apartar del hambre y de la miseria a sus familias. Pascuala y sus hijas, aun siendo personajes de ficción, están inspiradas en los testimonios de muchas otras mujeres que supieron burlar las limitaciones que les imponía su condición femenina, y no dudaron en ayudarse entre ellas, conscientes de los riesgos que asumían.
Algunos hombres, siempre al acecho, intentaban boicotear la libertad de las mujeres, poniéndoles la zancadilla continuamente, disfrutando cuando las veían caer y rabiando como perros cuando estas conseguían volver a levantarse y seguir andando con más diligencia, si cabe, que antes de la caída.
Pascuala, Dolores, Palmira, Elena, Lorenza II, Sor Marcelina y Avelina, son personajes que desprenden una fuerza que se contagia, haciendo que lo imposible se haga posible sin apenas esfuerzo. Constantino y Pedro son, en cambio, como polos opuestos. Mientras Constantino se instala en la queja y en la pena, resistiéndose a salir adelante y permitiendo que sean su mujer y sus hijas quienes carguen con todo, Pedro es el impulsor de que la vida de Dolores dé un giro de ciento ochenta grados. La ayuda a convertirse en una persona segura de sí misma, que no teme a nada ni a nadie, que se reinventa ante cada adversidad porque ve la oportunidad en cualquier contratiempo y sabe aprovecharla.
Un episodio destacable de la novela es el que narra el paso de la Fiesta del Libro a la Feria del Libro de Madrid, que dio lugar a una nueva concepción de la literatura.
A lo largo de la novela, las situaciones difíciles se repiten obligando a esta familia a vivir en un continuo tira y afloja. Quienes ostentan el poder en el pueblo del que provienen no dudan en extender sus tentáculos hasta donde ellas se han mudado para intentar doblegarlas a su santa voluntad e impedirles levantar la cabeza. Pero estas mujeres no son como las que ellos acostumbran a maltratar. Ellas han aprendido a respetarse a sí mismas y a cuidarse entre ellas. Y eso es, precisamente, lo que esos hombres no pueden soportar.
Gracias a mujeres como ellas, las generaciones de mujeres que las seguimos podemos considerarnos más libres y más consecuentes con nuestra propia naturaleza. Ellas abrieron las zanjas para trazar nuevos caminos. Nosotras solo debemos seguir atreviéndonos a recorrerlos.
Estrella Pisa.
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