Sentidos borrascosos

 

Al margen de religiones y mitologías, e incluso de la propia biología, nadie sabe a ciencia cierta cómo ni de dónde surgió el primer ser humano. Pero, lo que no nos alberga dudas es que, una vez aparecieron aquellos primeros hombres y mujeres que fueron nuestros ancestros, empezaron a reproducirse a través del sexo.

El sexo, algo tan natural como la propia vida y, sin embargo, tan cuestionado y criminalizado durante siglos por las religiones que han dirigido el mundo desde las sombras de los monasterios y las iglesias.

En el supuesto nombre de Dios, algunos hombres y mujeres se han creído muy por encima de los demás juzgándoles sin escrúpulos por sus supuestos bajos instintos, pero cuidándose muy mucho de que no se les descubriesen los suyos propios. Porque muchos de los hombres y mujeres consagrados a la iglesia no se han abstenido de practicar sexo, pero han incurrido en esa doble moral que tanto daño nos ha hecho y nos sigue haciendo a todos los que no escondemos lo que somos ni lo que sentimos.

A diferencia de lo que a algunos y a algunas nos han intentado hacer creer desde niños, el sexo no es malo, ni practicarlo algo de lo que tengamos que avergonzarnos. Bien al contrario, es una necesidad básica que nos permite liberar tensiones, generar endorfinas, mantenernos más en forma y que incluso contribuye a mejorarnos la piel. Si las personas que tanto se desgastan hablando mal de las demás lo practicasen un poco más, igual hasta se sentirían mucho mejor y serían capaces de empezar a mirar con otros ojos a todos aquellos a los que demonizan diariamente. Pero, pese a haber consumido ya un cuarto de este siglo XXI, son muchos y muchas los que aún ven el sexo como un tabú, como algo de lo que no se puede hablar delante de según quienes. Algo reservado a la oscuridad de la intimidad con la pareja oficial o la clandestina, pero que no ha de trascender para mantener intacta una imagen de persona íntegra y decente. Si algunas paredes hablasen...

Hace treinta y seis años, la doctora Elena Ochoa se atrevió a presentar un programa sobre sexo en televisión. Se llamaba Hablemos de sexo y le descubrió a los telespectadores todo un universo que iba mucho más allá del simple samaritano que tantos de ellos se habían pasado la vida practicando sin atreverse a probar nada nuevo, porque seguramente sería pecado.

Ay, el pecado... ¡Qué fácil lo ha tenido la iglesia durante siglos para tenernos a todos bien controlados bajo su ala represora! Con menudos cuentos nos han camelado y nos han obligado a negar nuestra propia naturaleza. La iglesia por un lado y, por el otro, los padres que, con su autoridad irrefutable, nos hacían a las mujeres temerlos más que al diablo, y las madres que, con sus miedos heredados de sus propias madres, podían llegar a ser incluso más duras e implacables que sus maridos. El machismo femenino fue uno de los triunfos de la dictadura franquista, orquestado por agrupaciones de mujeres como la Sección femenina. Aquello sí que fue un verdadero pecado contra las mujeres perpetrado por mujeres. El mundo al revés.



Mi amiga Análida Ospina, autora de Cuando no tomaba Prozac, la noche de las velitas, es una persona abierta, humana y sin dobleces. Le gusta hablar de sexo, pero lo hace con elegancia y sensualidad. Durante años escribió relatos eróticos que publicaba en su blog, interactuando con sus lectores que le dejaban comentarios de lo más interesantes. Después de publicar su primera novela, decidió recopilar aquellos relatos en un libro al que dio el título de Borrasca, que autopublicó en Amazon.

Dada la buena aceptación por parte de sus lectores, al cabo de un tiempo, publicó un segundo libro, Borrasca II, en el que profundiza en los límites del erotismo, invitándonos a explorar dentro de lo prohibido, con una prosa elegante y poética.


Vivir la propia sexualidad sin complejos y sin prejuicios no nos convierte precisamente en depravados, sino que nos permite sentirnos más vivos en nuestra propia vida. El sexo va mucho más allá de la vulgar cópula entre dos personas. Es, sobre todo, abrir la puerta a la imaginación, a la sensualidad, a las sensaciones que puede llegar a experimentar nuestra piel cuando le damos vía libre, a los juegos y a los juguetes, a la improvisación, al teatro y a la magia. Porque, ¿hemos probado alguna vez a estar con nuestra pareja, pero fingiendo ser otros? A veces, basta ese cambio de perspectiva para darnos licencia para sentir cosas nuevas y para sentirnos renovados.


El sexo, concebido por quienes han intentado siempre someternos a su autocracia, exclusivamente como un medio para procrear y no para el disfrute, parecería más una tortura que ninguna otra cosa. A partir de esa absurda idea, han surgido los prejuicios que aún tienen algunos y algunas de que la sexualidad sólo es para personas jóvenes. Como si, a partir de cierta edad, el cuerpo dejase de sentir. ¡Menuda falacia!

Nunca dejamos de sentir ni de necesitar el contacto con el otro o la otra. Donde no llega nuestro plano físico nos pueden llevar perfectamente nuestros sentidos y nuestra imaginación. No hay reglas, ni caminos trazados, ni tiempos pautados. Cada persona tiene sus propias reglas, su propio camino y sus propios tiempos. No hay dos iguales, pero todos son igual de válidos mientras les sirvan a quienes los experimenten.

Libros como Borrasca y Borrasca II, abren muchas puertas y nos invitan a adentrarnos en un universo en el que lo tenemos casi todo por descubrir. Aunque, lo más importante, es que nos enseña a desprendernos de toda esa herencia errática que durante tanto tiempo nos ha hecho cerrar los ojos ante lo que nos habían obligado a temer.

Para aprender a ser más nosotros mismos y a disfrutar de nuestra propia sexualidad, hemos de empezar por desaprender lo que ya no nos sirve, lo que no responde a nuestras preguntas, lo que nos llena de piedras los zapatos para que sigamos tropezando y no podamos avanzar en la dirección que queremos.

Mi abuela siempre decía que había parido doce hijos y no sabía por dónde le habían venido. Cuando la oía, quería creer que me estaba enredando, por aquello de que, con una nieta, una abuela no podía permitirse hablar de sexo. Pero luego pensaba, ¿y si es verdad? ¿Y si, realmente, mi abuela nunca se llegó a enterar de lo que era un orgasmo?

Si fue así, qué desperdicio de vida vivió la pobre...

Ella nunca aprendió a leer ni a escribir. Pero, si hubiese podido llegar a leer los dos volúmenes de Borrasca, creo que habría alucinado. Cuánta vida se perdió por someterse a los designios de unos tiempos gobernados por un machismo aplastante y una iglesia que extendía sus tentáculos hasta los propios lechos conyugales. Ojalá nunca vuelvan a imponerse aquellas ideas ni aquel maltrato hacia las mujeres.

Análida Ospina tiene una prosa clara y amena, con una elegancia natural que, incluso hablando de sexo, es capaz de acariciar la poesía. Su voz es como un soplo de aire fresco que garantiza que, leyéndola, vamos a alcanzar lo que entendamos por cielo.

Los libros de Borrasca se pueden adquirir en la web de Análida Ospina: http://analidaospina.com

También en la web de Amazon: Amazon.com: BORRASCA II: Relatos eróticos para todos los gustos (Spanish Edition): 9798285339724: OSPINA, ANALIDA: Libros




Estrella Pisa.



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